SEXTA EDICIÓN REVISADA Y AGRANDADA (London: Longman, Rees, Orme, Brown, and Green, 1827).
AUTOR: Jane Haldimand Marcet
De este libro existen pocas fuentes en internet, en concreto yo solo he encontrado tres: Internet Archive, Hathi Trust Digital Library y The Online Books Page,
Este libro de la autora fue uno de los primeros intentos en la historia de las publicaciones económicas en popularizar las ideas del libre mercado para la gente trabajadora ordinaria. Apareció por primera vez en 1816, fue agrandada y reimpresa en 1827 y fueron publicadas seis ediciones (lo que da una idea de su poopularidad). Pero con el devenir de los años fue cayendo en el olvido.

Este texto en inglés es de dominio público en todos los países, y esta traducción está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported. Esto significa que estas obligado a reconocer el autor de esta traducción al español, es decir, a mi, Ramón Ignacio Felipe Marcet. No puedes hacer obras derivadas ni sacar provecho económico de esta traducción.
Errores que salen de la total ignorancia de la gente — ventajas resultantes del conocimiento de sus principios — dificultades para ser superadas en este estudio.
Señora B. – Diferimos mucho sobre el mérito del pasaje que mencionaste esta mañana que no puedo dejar de sospechar de alguna inexactitud en la cita.
Carolina — Entonces déjeme leérselo. Sucede inmediatamente después del regreso de Telémaco a Salento, cuando él expresa a Méntor su asombro ante los cambios que han tenido lugar desde su anterior visita. Telémaco dice: “¿Ha pasado alguna desgracia a Salento en mi ausencia? El esplendor y la magnificencia en que dejé la ciudad han desparecido. No he visto ni plata, ni oro, ni joyas. Los hábitos de la gente son sencillos, los edificios son más pequeños y más simples, el arte languidece y la ciudad se ha convertido en un desierto.” — “¿Has observado,” replicó Méntor con una sonrisa, “el estado del campo que rodea la ciudad?” — “Sí,” dijo Telémaco, “me he dado cuenta de que la agricultura se ha convertido en una profesión honorable, y que no hay ninguna parcela de terreno sin cultivar.” — “¿Y qué estado es mejor,” contestó Méntor,” una ciudad magnífica con mucho mármol, oro y plata pero con un campo estéril y sin cultivar, o un campo totalmente y bien cultivado, tan fructífero como un jardín, con una ciudad donde la decencia ha sustituido a la pompa? Una ciudad llena de artesanos, que trabajan sólo para los buenos modales de los afeminados, facilitando las cosas superfluas del lujo, rodeado de un campo pobre y sin cultivar, se asemeja a un monstruo con una cabeza de gran tamaño, y un cuerpo marchito y enervado, sin belleza, vigor o proporción. La fuerza genuina y las riquezas verdaderas de un reino consisten en un número de gentes y la plenitud del abastecimiento. Un gran número de personas ahora cubren todo el territorio de Idomeneo, el cuál cultivan con diligencia incansable y asiduidad. Sus dominios pueden ser considerados como el de una ciudad, en la cual Salento es el centro. La gente que antes faltaba en los campos y sobraba en la ciudad, los hemos trasladado de la ciudad al campo."
[Esta línea argumental sigue las ideas de Jenofonte en su Económico, que valora mucho el trabajo manual como productor de riqueza, y especialmente el trabajo en el sector primario. Es contraria a la idea de Richard Cantillón, que la expuso en su Ensayo sobre el comercio en general, de que los gustos y caprichos de los consumidores, especialmente de los ricos, dan de comer a una gran parte de trabajadores (N. del T.)].
Bueno, ¿tengo que continuar? He leído lo suficiente como para darme cuenta que Mentor está en lo cierto.
Señora B. — Yo todavía persisto en mi opinión. Para algunos los sentimientos en dichos pasajes son perfectamente correctos, aunque el principio general en el que se basan, que las ciudades y el campo prosperan el uno a expensas del otro, pienso que es bastante erróneo. Al contrario, estoy convencida que las ciudades florecientes son el medio de fertilizar el campo que las rodea. ¿Ve usted algún campo sin cultivar cerca de Londres? ¿O puede usted ver un país altamente desarrollado sin grandes ciudades? O de otro lado, ¿no es más común ver ciudades en decaimiento rodeadas de tierras yermas y mal cultivadas? La púrpura y el oro de Tirón durante la prosperidad de los fenicios, lejos de privar a los campos de sus obreros, obligó a esa nación a colonizar nuevos países como una provisión para su exceso de población?
[Recoge el pensamiento de Adam Smith al comienzo del capítulo 1 del libro tercero de La riqueza de las naciones: “El gran comercio de cada nación civilizada se produce entre los habitantes de la ciudad y los del campo. Consiste en el intercambio de mercancías rudas por productos manufacturados, bien sea el intercambio tal cual, bien mediante el dinero, o mediante algún tipo de papel que represente dinero. El campo suple a la ciudad con sus medios de subsistencia y las materias primas para las manufacturas. La ciudad paga ese suministro enviando de vuelta una parte de las manufacturas producidas en la ciudad a los habitantes del campo […] Sin embargo, siguiendo este argumento, no podemos imaginar que las ganancias de la ciudad son las pérdidas del campo. Las ganancias de ambas son mutuas y recíprocas” (nota del traductor)].
Carolina: — Eso está muy lejos de ser un ejemplo.
Señora B: — Si lo deseas ver en un período posterior, compara el antiguo floreciente país de Fenicia con su mísero estado actual descrito con tanta viveza por Volney en sus viajes.
Carolina: — ¿No ha sido ese estado mísero producido por revolucions violentas y que, durante el transcurso de los siglos han empobrecido ese país, y no es eso una consecuencia de la detestable política de sus actuales gobernantes? Pero en el orden natural e impeturbable de las cosas, ¿no es cierto que cuanto mayor sea el número de trabajadores de un reino, después del ejemoplo de Idomeneo, que sean obligados a abandonar la ciudad para trabaja en el campo, mejor estará el campo cultivado?
["El orden natural e impeturbable de las cosas" es un concepto antievolucionista (por decirlo así) en que las cosas no pueden mejorar y, por lo tanto, la situación de la sociedad decimonónica es un "máximo económico" de bienestar, es decir, una situación en la que cualquier cambio es siempre a peor. La situación es inmejorable, sí que cualquier cambio social solo puede conducir a una situación peor. Veáse el concepto de máximo de una función matemática].
Señora B: — Yo no pienso lo mismo. Mi opinión, al contrario, es que la gente obligada a abandonar la ciudad no encontrará trabajo en el campo.
Carolina: — ¿Y por qué no?
Señora B: — Porque ya habrían tantos trabajadores en el campo como empleos.
Carolina: — En Inglaterra es posible que este sea el caso, ¿pero sucedería lo mismo en otros países muy mal cultivados?
Señora B: — Pienso que así sería.
Carolina: — ¿Quieres decir que si a un país está mal cultivado se le proporcionara un número mayor de trabajadores, éste no mejoraría? Debes saber que esta afirmación necesita una explicación.
Señora B: — La necesita, y quizás más de lo que imaginas. Pero no podrás entender mejor este tema sin tener algún conocimiento de los principios de la economía política.
Carolina: — Estoy muy apenada de oir eso, ya que confieso que le tengo un poco de antipatía a la economía política.
Señora B: — ¿Estás segura que comprendes lo que significa la economía política?
Carolina: — Creo que si, ya que es a menudo el sujeto de muchas conversaciones en casa, pero me parece que es el tema menos interesante de todos. Trata de las aduanas, del comercio, de los impuestos, del contrabando, del dinero-papel, del comité de acuñación de monedas, etc., y de cosas de este estilo de las cuales no puedo oir hablar sin bostezar. Entonces se produce una eterna referencia a los trabajos de Adam Smith, cuyo nombre no se pronuncia nunca sin un profundo respeto, y casi una veneración religiosa, así que un día me decidí a hojear su trabajo sobre Economía Política [se refiere a la Riqueza de las naciones] para obtener alguna información sobre el tema de los granos, pero con prevenciones, lamentaciones, impuestos, desventajas y precios máximos, estaba tan sobrepasada por un argot de términos inteligibles que, después de leer unas pocas páginas, arrojé el libro bien lejos desesperada, y decidí conformarme con mi humilde ignorancia. Así que si tu argumento respecto a las ciudades y los pueblos está relacionada con la economía política, me imagino que tendré que perder este punto en disputa sin entenderlo.
[No soy un traductor profesional, y menos de obras de casi 200 años de antigüedad, con palabras que ha cambiado de significado, por lo que hay términos que ni sé traducir ni aparecen ya en los diccionarios online de internet. No he sabido traducir correctamente las palabras forestalling, regrating (ésta puede ser un errata por regreting) y drawbacks, que traduje por prevenciones, lamentaciones y desventajas, respectivamente. En el libro en ocasiones aparece Political Economy y, en otras, en minúscula, political economy. Conservo las mayúsculas y las minúsculas tal como aparecen. En aquellos tiempos, a la Economía se la llamaba Economía Política, y, por tanto, son términos sinónimos].
Señora B: — Entonces bien, si te quedas satisfecha con tu ignorancia sobre la economía política, debes tomar una decisión y, como mínimo, abstenerte de hablar sobre el tema, ya que no puedes hacerlo de ningún modo.
Carolina: — Oh, eso, te aseguro, requiere muy poco esfuerzo. Sólo desearía estar segura de que nunca oiré hablar de ese tema mencionado tanto como estoy segura de que nunca lo mencionaré.
Señora B: — ¿Recuerdas con qué entusiasmo te reías del pobre señor Jordan en El Burgués Gentilhombre, cuando descubrió que había estado hablando en prosa durante toda su vida sin saberlo. [El burgués gentilhombre es una comedia de Molière de 1670]. Bien querida, a menudo hablas de economía política sin saberlo. Hace unos días te oí hablar de la peliaguda cuestión de la escasez de grano; y debo confesar que tu veredicto estaba en perfecta consonancia con tu actual confesión de ignorancia.
Carolina: — En verdad yo sólo repito lo que he oído de gente muy seria, que los granjeros tienen una enorme cantidad de cereales, y que si fueran obligados a llevarlo al mercado no habría escasez, y que, teniendo en cuenta su propio interés, deberían guardarlo para subir el precio. Seguramente comprender esto no necesite un conocimiento de la economía política pues basta con hablar claro de un tema tan común y tan interesante como la primera necesidad de la vida.
Señora B. — La misma circunstancia de su interés general la hace una de las más importantes ramas de la economía política. Desgraciadamente para tu propósito, esta ciencia se disemina en tantas ramas que raramente escucharás una conversación entre gente de mente liberal sin alguna referencia a ella. No fue sino ayer que acusastes a los fabricantes de Birmingham de crueldad e injusticia con sus trabajadores, y afirmastes que el nivel de los salarios debe ser fijado por ley en relación al precio de las provisiones; de este modo los pobres no sufrirían por un aumento en el precio del pan. ¿Oso afirmar que tu pensastes que hicistes una afirmación muy racional cuando dijiste eso?
Carolina: — ¿Y estaba yo equivocada? Empiezas a excitar mi curiosidad, señorita B. ¿Piensas que debo ser tentada a estudiar esta ciencia?
Señora B: — No lo sé. Pero no tengo duda de que te convenceré de tu incapacidad de entrar en muchos temas de conversación general mientras permenezcas en la total ignorancia del mismo, y esta ignorancia te expondrá al ridículo. Durante los disturbios de Nottingham, oí muchas conversaciones que condenaban la invención de las máquinas [veáse ludismo en internet] que, mediante la reducción del trabajo, enviaron a muchos hombres al desempleo. Tu opinión estaba fundada sobre principios eróneos de benevolencia. Resumiendo, querida, hay tantas cosas más o menos conectadas con la ciencia de la economía política que, su sigues con tu decisión, te condenas a ti misma al silencio perpetuo.
Carolina: — Al menos podré hablar de temas como los vestidos, pasatiempos y otros temas femeninos.
Señora B: — He oido hablar de cosas en un grado no insignificante que manifiestan la ignorancia sobre política económica en una conversación sobre vestidos. "Qué lástima", dijo una, "que el encaje francés deba ser tan caro. Por mi parte, no tengo escrúpulos en contrabandearlo. Realmente debe ser una gran satisfacción engañar a la aduana". Otra se preguntaba si podría reconciliar el contrabando con su conciencia. Pensaba que el encaje francés y las sedas, todas las mercancías francesas deberían ser totalmente prohibidas. Hasta tal punto que estaba determinada en no llevar nade de procedencia extranjera, aunque fuera muy hermoso; y que era una pena animar a la importaciones de bienes bienes manufacturados extranjeros mientras nuestros propios pobres se morían de hambre.
Carolina: — ¿Qué falta encuentra usted en la última opinión? Creo que está repleta de humanidad y patriotismo.
Señora B: — No pongo en cuestión la benevolencia de la señora, pero sin el conocimiento para guiar y conducir la regulación de los sentimientos, las mejores intenciones se frustarán. La ciencia de la economía política está intimamente conectada con los hechos diarios de la vida, y en esto difiere materialmente de la química, la astronomía y la electricidad. Los errores cometidos en las últimas ciencias mencionadas pueden tener muy poco efecto en nuestra conducta, mietras que la ignorancia de la primera puede llevarnos a cometer serios errores prácticos.
No hay casi ninguna historia sobre viajes que no abunde en hechos y opiniones que no puedan ser entendidos sin algunos conocimientos previos de los principios de la economía política. Más aún, si el autor es ignorante en este conocimiento, te veras propenso a adoptar sus errores a causa de tu incapacidad para detectarlos. Este fue tu caso al leer a Telémaco. La ignorancia de los principios de la economía política se puede encontrar en algunos de los más elegantes y sensatos de nuestros autores, especialmente entre los poetas. Esa bella composición de Goldsmith, La aldea desierta, está llena de errores, y debido a su gran popularidad, es el responsable de llevar a conclusiones erróneas a los mal informados.
Carolina: — Casi me arrepentería de aprender cualquier cosa que reduciría ese bello poema que tanto valoro.
Señora B: — Su mérito intrínseco como poema es bastante suficiente como para expiar cualquier infracción de los principios científicos. La verdad no es, como sabes, esencial para la belleza poética; pero es esencial que seamos capaces de distinguir entre la verdad y la ficción.
Carolina: — Bie, después de todo, señorita B., la ignorancia de la economía política es una deficiencia muy excusable en las mujeres. Si este es un tema que el Gobierno debe corregir los errores y perjuicios que existen contra él, y como nosotras nunca vamos a ser legisladoras, ¿no deberíamos permanecer en la feliz ignorancia de las maldades ya que no tenemos poder para ponerles remedio?
Señora B: — Cuando defiendes tu ignorancia tengo una fuerte presunción de que estás equivocada. Si hubiera un conocimiento más amplio de la economía política se evitaría que las mujeres propagaran errores y entonces, ninguna verdad trivial sobreviviría. La niñez se pasa adquiriendo ideas, la adolescencia discriminándo y rechazando las falsas, así que nosotros deberíamos facilitar esta tarea disminuyendo el número de errores que los jóvenes absorben e inculcándoles las ideas verdaderas.
Carolina: — No creo que quieras enseñar economía política a los niños.
Señora B: — Desearía que las madres fueran tan competentes para enseñarsela, que los chicos no tuvieran nada que desaprender, y si pudieran transmitir las lecciones de economía política tal como la señorita Edgeworth explica en su historia de Cherry Orchard, ninguno, tal como creo, creería que esta información está más allá de la capacidad de la juventud.
Carolina: — Creo que recuerdo esa historia perfectamente, pero no creo que en ella haya una sola palabra de economía política.
Señora B: — El autor, juiciosamente, ha evitado nombrar esta ciencia, pero ese pequeño cuento contiene una exposición simple y bella de la división del trabajo, el mérito de la cual apreciarías más si estuvieras familiarizada con su aplicación a la economía política. Quizás también querrías permitir a los chicos oir la historia del Rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba.
Carolina: — ¿También es esa una lección de economía política? Pienso, señorita B., que tienes el arte de convertir todo lo que tocas en esa ciencia.
Señora B: — No es mi arte, sino la naturaleza real de las cosas. La historia del Rey Midas demuestra que el oro sólo no constituye la riqueza, y que sólo es valioso en la debida proporción con las más valiosas producciones de la tierra. [Esta idea de que la tierra (y el trabajo humano) son los principales factores de producción sigue la línea desde Cantillón a Adam Smith. El capital no será considerado un factor de producción hasta finales del siglo XIX].
Carolina: — Los niños no entenderán estas historias a menos que les expliques su aplicación a la política económica. Les tienes que dar la moraleja de la fábula.
Señora B: — La moraleja es la única parte de la fábula que los niños nunca leen; y en esta ellos tienen razón, porque el principio está más allá de su comprensión. La entenderán conforme vayan creciendo. La juventud es el período de sembrar la semilla, no el de forzar el fruto. Debes esperar al momento oportuno si quieres recolectar una cosecha madura y plena.
Carolina: — Bien, mi querida señorita B., ¿que debo hacer? Sabes que soy una fanática de la instrucción y no le temo a los problemas. Debes recordar con qué placer estudié química. Si puedes persuadirme que la economía política es tan interesante y no más difícil, te pediría que me enseñes. ¿Hay algún tratado sobre el tema? ¿O puedo tomar lecciones de algún maestro? No me animo a estudiar libros científicos por la dificultad de la terminología: cuando estudias una ciencia nueva es difícil entenderlo la primera vez.
Señora B: — El lenguaje de uan ciencia es, con frecuencia, su parte más difícil, pero en la economía política hay pocos términos técnicos, y los comprenderás facilmente. Más aún, ya tienes una considerable cantidad de información sobre este tema, pero tus nociones son bastante confusas e irregulare, una mezcla de verdades y errores, así que tu ocupación será seleccionar, separar y metodizar los que ya conoces, más que adquirir unas pocas ideas nuevas.No está en mis manos recomendarte un maestro sobre este tema. Sólo se enseña en clases públicas en las universidades, y en Londres. solo el señor Macculloch quien, tanto en sus leccciones como en su claro método de enseñanza, ha contribuido tanto la progreso de esta ciencia.
La economía política ha progresado mucho en los últimos años; además del celebrado tratado del señor Adam Smith, quién podría ser considerado como el padre de esta ciencia, se han publicado varios trabajos excelentes por el señor Say, el señor Ricardo, el señor Malthus, el señor Sismondi, el señor Senior y otros. Pero es cierto que sus obras no son muy fáciles para los que empiezan.
Carolina: — ¿Que debo hacer entonces? No puedo acudir a esas clases y me temo que nunca tendré el coraje de emprender el estudio de estos tratados que tu misma reconoces que son difíciles.
Señora B: — Quizás pueda facilitarte el camino. He tenido la buena suerte de pasar una gran parte de mi vida en una sociedad en la que esta ciencia ha sido un tema frecuente de conversación, y el interés que tuve me ha llevado a estudiar sus principios en las obras de los mejores escritores de esta materia.Pero para ser justos te debo decir que no comence mis estudios abriendo cualquier libro al azar, o consultando la obra de Smith en un punto cualquiera antes de que yo hubiera examinado su plan o entendido su objetivo. Yo sabía que para aprender debía empezar por el principio, y si tú eres de la opnión de que mi experiencia puede servirte de algo, y si estarás contenta de recibir una explicación de forma familiar de los temas que los hombres de reconocido prestigio han debatido o investigado, intentaré guiarte por los primeros elementos de esta ciencia sin presumir, sin embargo, de penetrar en las partes más abtusas.
Carolina: —Bien entonces, estoy bastante decidida a intentarlo; eres muy buena conmigo, señora B, por permitirme ser otra vez su pupila. Sin embargo, tiene usted mucha indulgencia, pues nunca he tenido miedo de exponer mi ignorancia, a pesar de que creo que someteré tu paciencia a pruebas muy severas.
Este texto en inglés es de dominio público en todos los países, y esta traducción está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported. Esto significa que estas obligado a reconocer el autor de esta traducción al español, es decir, a mi, Ramón Ignacio Felipe Marcet. No puedes hacer obras derivadas ni sacar provecho económico de esta traducción.
Conversación 1
Errores que salen de la total ignorancia de la gente — ventajas resultantes del conocimiento de sus principios — dificultades para ser superadas en este estudio.
Señora B. – Diferimos mucho sobre el mérito del pasaje que mencionaste esta mañana que no puedo dejar de sospechar de alguna inexactitud en la cita.
Carolina — Entonces déjeme leérselo. Sucede inmediatamente después del regreso de Telémaco a Salento, cuando él expresa a Méntor su asombro ante los cambios que han tenido lugar desde su anterior visita. Telémaco dice: “¿Ha pasado alguna desgracia a Salento en mi ausencia? El esplendor y la magnificencia en que dejé la ciudad han desparecido. No he visto ni plata, ni oro, ni joyas. Los hábitos de la gente son sencillos, los edificios son más pequeños y más simples, el arte languidece y la ciudad se ha convertido en un desierto.” — “¿Has observado,” replicó Méntor con una sonrisa, “el estado del campo que rodea la ciudad?” — “Sí,” dijo Telémaco, “me he dado cuenta de que la agricultura se ha convertido en una profesión honorable, y que no hay ninguna parcela de terreno sin cultivar.” — “¿Y qué estado es mejor,” contestó Méntor,” una ciudad magnífica con mucho mármol, oro y plata pero con un campo estéril y sin cultivar, o un campo totalmente y bien cultivado, tan fructífero como un jardín, con una ciudad donde la decencia ha sustituido a la pompa? Una ciudad llena de artesanos, que trabajan sólo para los buenos modales de los afeminados, facilitando las cosas superfluas del lujo, rodeado de un campo pobre y sin cultivar, se asemeja a un monstruo con una cabeza de gran tamaño, y un cuerpo marchito y enervado, sin belleza, vigor o proporción. La fuerza genuina y las riquezas verdaderas de un reino consisten en un número de gentes y la plenitud del abastecimiento. Un gran número de personas ahora cubren todo el territorio de Idomeneo, el cuál cultivan con diligencia incansable y asiduidad. Sus dominios pueden ser considerados como el de una ciudad, en la cual Salento es el centro. La gente que antes faltaba en los campos y sobraba en la ciudad, los hemos trasladado de la ciudad al campo."
[Esta línea argumental sigue las ideas de Jenofonte en su Económico, que valora mucho el trabajo manual como productor de riqueza, y especialmente el trabajo en el sector primario. Es contraria a la idea de Richard Cantillón, que la expuso en su Ensayo sobre el comercio en general, de que los gustos y caprichos de los consumidores, especialmente de los ricos, dan de comer a una gran parte de trabajadores (N. del T.)].
Bueno, ¿tengo que continuar? He leído lo suficiente como para darme cuenta que Mentor está en lo cierto.
Señora B. — Yo todavía persisto en mi opinión. Para algunos los sentimientos en dichos pasajes son perfectamente correctos, aunque el principio general en el que se basan, que las ciudades y el campo prosperan el uno a expensas del otro, pienso que es bastante erróneo. Al contrario, estoy convencida que las ciudades florecientes son el medio de fertilizar el campo que las rodea. ¿Ve usted algún campo sin cultivar cerca de Londres? ¿O puede usted ver un país altamente desarrollado sin grandes ciudades? O de otro lado, ¿no es más común ver ciudades en decaimiento rodeadas de tierras yermas y mal cultivadas? La púrpura y el oro de Tirón durante la prosperidad de los fenicios, lejos de privar a los campos de sus obreros, obligó a esa nación a colonizar nuevos países como una provisión para su exceso de población?
[Recoge el pensamiento de Adam Smith al comienzo del capítulo 1 del libro tercero de La riqueza de las naciones: “El gran comercio de cada nación civilizada se produce entre los habitantes de la ciudad y los del campo. Consiste en el intercambio de mercancías rudas por productos manufacturados, bien sea el intercambio tal cual, bien mediante el dinero, o mediante algún tipo de papel que represente dinero. El campo suple a la ciudad con sus medios de subsistencia y las materias primas para las manufacturas. La ciudad paga ese suministro enviando de vuelta una parte de las manufacturas producidas en la ciudad a los habitantes del campo […] Sin embargo, siguiendo este argumento, no podemos imaginar que las ganancias de la ciudad son las pérdidas del campo. Las ganancias de ambas son mutuas y recíprocas” (nota del traductor)].
Carolina: — Eso está muy lejos de ser un ejemplo.
Señora B: — Si lo deseas ver en un período posterior, compara el antiguo floreciente país de Fenicia con su mísero estado actual descrito con tanta viveza por Volney en sus viajes.
Carolina: — ¿No ha sido ese estado mísero producido por revolucions violentas y que, durante el transcurso de los siglos han empobrecido ese país, y no es eso una consecuencia de la detestable política de sus actuales gobernantes? Pero en el orden natural e impeturbable de las cosas, ¿no es cierto que cuanto mayor sea el número de trabajadores de un reino, después del ejemoplo de Idomeneo, que sean obligados a abandonar la ciudad para trabaja en el campo, mejor estará el campo cultivado?
["El orden natural e impeturbable de las cosas" es un concepto antievolucionista (por decirlo así) en que las cosas no pueden mejorar y, por lo tanto, la situación de la sociedad decimonónica es un "máximo económico" de bienestar, es decir, una situación en la que cualquier cambio es siempre a peor. La situación es inmejorable, sí que cualquier cambio social solo puede conducir a una situación peor. Veáse el concepto de máximo de una función matemática].
Señora B: — Yo no pienso lo mismo. Mi opinión, al contrario, es que la gente obligada a abandonar la ciudad no encontrará trabajo en el campo.
Carolina: — ¿Y por qué no?
Señora B: — Porque ya habrían tantos trabajadores en el campo como empleos.
Carolina: — En Inglaterra es posible que este sea el caso, ¿pero sucedería lo mismo en otros países muy mal cultivados?
Señora B: — Pienso que así sería.
Carolina: — ¿Quieres decir que si a un país está mal cultivado se le proporcionara un número mayor de trabajadores, éste no mejoraría? Debes saber que esta afirmación necesita una explicación.
Señora B: — La necesita, y quizás más de lo que imaginas. Pero no podrás entender mejor este tema sin tener algún conocimiento de los principios de la economía política.
Carolina: — Estoy muy apenada de oir eso, ya que confieso que le tengo un poco de antipatía a la economía política.
Señora B: — ¿Estás segura que comprendes lo que significa la economía política?
Carolina: — Creo que si, ya que es a menudo el sujeto de muchas conversaciones en casa, pero me parece que es el tema menos interesante de todos. Trata de las aduanas, del comercio, de los impuestos, del contrabando, del dinero-papel, del comité de acuñación de monedas, etc., y de cosas de este estilo de las cuales no puedo oir hablar sin bostezar. Entonces se produce una eterna referencia a los trabajos de Adam Smith, cuyo nombre no se pronuncia nunca sin un profundo respeto, y casi una veneración religiosa, así que un día me decidí a hojear su trabajo sobre Economía Política [se refiere a la Riqueza de las naciones] para obtener alguna información sobre el tema de los granos, pero con prevenciones, lamentaciones, impuestos, desventajas y precios máximos, estaba tan sobrepasada por un argot de términos inteligibles que, después de leer unas pocas páginas, arrojé el libro bien lejos desesperada, y decidí conformarme con mi humilde ignorancia. Así que si tu argumento respecto a las ciudades y los pueblos está relacionada con la economía política, me imagino que tendré que perder este punto en disputa sin entenderlo.
[No soy un traductor profesional, y menos de obras de casi 200 años de antigüedad, con palabras que ha cambiado de significado, por lo que hay términos que ni sé traducir ni aparecen ya en los diccionarios online de internet. No he sabido traducir correctamente las palabras forestalling, regrating (ésta puede ser un errata por regreting) y drawbacks, que traduje por prevenciones, lamentaciones y desventajas, respectivamente. En el libro en ocasiones aparece Political Economy y, en otras, en minúscula, political economy. Conservo las mayúsculas y las minúsculas tal como aparecen. En aquellos tiempos, a la Economía se la llamaba Economía Política, y, por tanto, son términos sinónimos].
Señora B: — Entonces bien, si te quedas satisfecha con tu ignorancia sobre la economía política, debes tomar una decisión y, como mínimo, abstenerte de hablar sobre el tema, ya que no puedes hacerlo de ningún modo.
Carolina: — Oh, eso, te aseguro, requiere muy poco esfuerzo. Sólo desearía estar segura de que nunca oiré hablar de ese tema mencionado tanto como estoy segura de que nunca lo mencionaré.
Señora B: — ¿Recuerdas con qué entusiasmo te reías del pobre señor Jordan en El Burgués Gentilhombre, cuando descubrió que había estado hablando en prosa durante toda su vida sin saberlo. [El burgués gentilhombre es una comedia de Molière de 1670]. Bien querida, a menudo hablas de economía política sin saberlo. Hace unos días te oí hablar de la peliaguda cuestión de la escasez de grano; y debo confesar que tu veredicto estaba en perfecta consonancia con tu actual confesión de ignorancia.
Carolina: — En verdad yo sólo repito lo que he oído de gente muy seria, que los granjeros tienen una enorme cantidad de cereales, y que si fueran obligados a llevarlo al mercado no habría escasez, y que, teniendo en cuenta su propio interés, deberían guardarlo para subir el precio. Seguramente comprender esto no necesite un conocimiento de la economía política pues basta con hablar claro de un tema tan común y tan interesante como la primera necesidad de la vida.
Señora B. — La misma circunstancia de su interés general la hace una de las más importantes ramas de la economía política. Desgraciadamente para tu propósito, esta ciencia se disemina en tantas ramas que raramente escucharás una conversación entre gente de mente liberal sin alguna referencia a ella. No fue sino ayer que acusastes a los fabricantes de Birmingham de crueldad e injusticia con sus trabajadores, y afirmastes que el nivel de los salarios debe ser fijado por ley en relación al precio de las provisiones; de este modo los pobres no sufrirían por un aumento en el precio del pan. ¿Oso afirmar que tu pensastes que hicistes una afirmación muy racional cuando dijiste eso?
Carolina: — ¿Y estaba yo equivocada? Empiezas a excitar mi curiosidad, señorita B. ¿Piensas que debo ser tentada a estudiar esta ciencia?
Señora B: — No lo sé. Pero no tengo duda de que te convenceré de tu incapacidad de entrar en muchos temas de conversación general mientras permenezcas en la total ignorancia del mismo, y esta ignorancia te expondrá al ridículo. Durante los disturbios de Nottingham, oí muchas conversaciones que condenaban la invención de las máquinas [veáse ludismo en internet] que, mediante la reducción del trabajo, enviaron a muchos hombres al desempleo. Tu opinión estaba fundada sobre principios eróneos de benevolencia. Resumiendo, querida, hay tantas cosas más o menos conectadas con la ciencia de la economía política que, su sigues con tu decisión, te condenas a ti misma al silencio perpetuo.
Carolina: — Al menos podré hablar de temas como los vestidos, pasatiempos y otros temas femeninos.
Señora B: — He oido hablar de cosas en un grado no insignificante que manifiestan la ignorancia sobre política económica en una conversación sobre vestidos. "Qué lástima", dijo una, "que el encaje francés deba ser tan caro. Por mi parte, no tengo escrúpulos en contrabandearlo. Realmente debe ser una gran satisfacción engañar a la aduana". Otra se preguntaba si podría reconciliar el contrabando con su conciencia. Pensaba que el encaje francés y las sedas, todas las mercancías francesas deberían ser totalmente prohibidas. Hasta tal punto que estaba determinada en no llevar nade de procedencia extranjera, aunque fuera muy hermoso; y que era una pena animar a la importaciones de bienes bienes manufacturados extranjeros mientras nuestros propios pobres se morían de hambre.
Carolina: — ¿Qué falta encuentra usted en la última opinión? Creo que está repleta de humanidad y patriotismo.
Señora B: — No pongo en cuestión la benevolencia de la señora, pero sin el conocimiento para guiar y conducir la regulación de los sentimientos, las mejores intenciones se frustarán. La ciencia de la economía política está intimamente conectada con los hechos diarios de la vida, y en esto difiere materialmente de la química, la astronomía y la electricidad. Los errores cometidos en las últimas ciencias mencionadas pueden tener muy poco efecto en nuestra conducta, mietras que la ignorancia de la primera puede llevarnos a cometer serios errores prácticos.
No hay casi ninguna historia sobre viajes que no abunde en hechos y opiniones que no puedan ser entendidos sin algunos conocimientos previos de los principios de la economía política. Más aún, si el autor es ignorante en este conocimiento, te veras propenso a adoptar sus errores a causa de tu incapacidad para detectarlos. Este fue tu caso al leer a Telémaco. La ignorancia de los principios de la economía política se puede encontrar en algunos de los más elegantes y sensatos de nuestros autores, especialmente entre los poetas. Esa bella composición de Goldsmith, La aldea desierta, está llena de errores, y debido a su gran popularidad, es el responsable de llevar a conclusiones erróneas a los mal informados.
Carolina: — Casi me arrepentería de aprender cualquier cosa que reduciría ese bello poema que tanto valoro.
Señora B: — Su mérito intrínseco como poema es bastante suficiente como para expiar cualquier infracción de los principios científicos. La verdad no es, como sabes, esencial para la belleza poética; pero es esencial que seamos capaces de distinguir entre la verdad y la ficción.
Carolina: — Bie, después de todo, señorita B., la ignorancia de la economía política es una deficiencia muy excusable en las mujeres. Si este es un tema que el Gobierno debe corregir los errores y perjuicios que existen contra él, y como nosotras nunca vamos a ser legisladoras, ¿no deberíamos permanecer en la feliz ignorancia de las maldades ya que no tenemos poder para ponerles remedio?
Señora B: — Cuando defiendes tu ignorancia tengo una fuerte presunción de que estás equivocada. Si hubiera un conocimiento más amplio de la economía política se evitaría que las mujeres propagaran errores y entonces, ninguna verdad trivial sobreviviría. La niñez se pasa adquiriendo ideas, la adolescencia discriminándo y rechazando las falsas, así que nosotros deberíamos facilitar esta tarea disminuyendo el número de errores que los jóvenes absorben e inculcándoles las ideas verdaderas.
Carolina: — No creo que quieras enseñar economía política a los niños.
Señora B: — Desearía que las madres fueran tan competentes para enseñarsela, que los chicos no tuvieran nada que desaprender, y si pudieran transmitir las lecciones de economía política tal como la señorita Edgeworth explica en su historia de Cherry Orchard, ninguno, tal como creo, creería que esta información está más allá de la capacidad de la juventud.
Carolina: — Creo que recuerdo esa historia perfectamente, pero no creo que en ella haya una sola palabra de economía política.
Señora B: — El autor, juiciosamente, ha evitado nombrar esta ciencia, pero ese pequeño cuento contiene una exposición simple y bella de la división del trabajo, el mérito de la cual apreciarías más si estuvieras familiarizada con su aplicación a la economía política. Quizás también querrías permitir a los chicos oir la historia del Rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba.
Carolina: — ¿También es esa una lección de economía política? Pienso, señorita B., que tienes el arte de convertir todo lo que tocas en esa ciencia.
Señora B: — No es mi arte, sino la naturaleza real de las cosas. La historia del Rey Midas demuestra que el oro sólo no constituye la riqueza, y que sólo es valioso en la debida proporción con las más valiosas producciones de la tierra. [Esta idea de que la tierra (y el trabajo humano) son los principales factores de producción sigue la línea desde Cantillón a Adam Smith. El capital no será considerado un factor de producción hasta finales del siglo XIX].
Carolina: — Los niños no entenderán estas historias a menos que les expliques su aplicación a la política económica. Les tienes que dar la moraleja de la fábula.
Señora B: — La moraleja es la única parte de la fábula que los niños nunca leen; y en esta ellos tienen razón, porque el principio está más allá de su comprensión. La entenderán conforme vayan creciendo. La juventud es el período de sembrar la semilla, no el de forzar el fruto. Debes esperar al momento oportuno si quieres recolectar una cosecha madura y plena.
Carolina: — Bien, mi querida señorita B., ¿que debo hacer? Sabes que soy una fanática de la instrucción y no le temo a los problemas. Debes recordar con qué placer estudié química. Si puedes persuadirme que la economía política es tan interesante y no más difícil, te pediría que me enseñes. ¿Hay algún tratado sobre el tema? ¿O puedo tomar lecciones de algún maestro? No me animo a estudiar libros científicos por la dificultad de la terminología: cuando estudias una ciencia nueva es difícil entenderlo la primera vez.
Señora B: — El lenguaje de uan ciencia es, con frecuencia, su parte más difícil, pero en la economía política hay pocos términos técnicos, y los comprenderás facilmente. Más aún, ya tienes una considerable cantidad de información sobre este tema, pero tus nociones son bastante confusas e irregulare, una mezcla de verdades y errores, así que tu ocupación será seleccionar, separar y metodizar los que ya conoces, más que adquirir unas pocas ideas nuevas.No está en mis manos recomendarte un maestro sobre este tema. Sólo se enseña en clases públicas en las universidades, y en Londres. solo el señor Macculloch quien, tanto en sus leccciones como en su claro método de enseñanza, ha contribuido tanto la progreso de esta ciencia.
La economía política ha progresado mucho en los últimos años; además del celebrado tratado del señor Adam Smith, quién podría ser considerado como el padre de esta ciencia, se han publicado varios trabajos excelentes por el señor Say, el señor Ricardo, el señor Malthus, el señor Sismondi, el señor Senior y otros. Pero es cierto que sus obras no son muy fáciles para los que empiezan.
Carolina: — ¿Que debo hacer entonces? No puedo acudir a esas clases y me temo que nunca tendré el coraje de emprender el estudio de estos tratados que tu misma reconoces que son difíciles.
Señora B: — Quizás pueda facilitarte el camino. He tenido la buena suerte de pasar una gran parte de mi vida en una sociedad en la que esta ciencia ha sido un tema frecuente de conversación, y el interés que tuve me ha llevado a estudiar sus principios en las obras de los mejores escritores de esta materia.Pero para ser justos te debo decir que no comence mis estudios abriendo cualquier libro al azar, o consultando la obra de Smith en un punto cualquiera antes de que yo hubiera examinado su plan o entendido su objetivo. Yo sabía que para aprender debía empezar por el principio, y si tú eres de la opnión de que mi experiencia puede servirte de algo, y si estarás contenta de recibir una explicación de forma familiar de los temas que los hombres de reconocido prestigio han debatido o investigado, intentaré guiarte por los primeros elementos de esta ciencia sin presumir, sin embargo, de penetrar en las partes más abtusas.
Carolina: —Bien entonces, estoy bastante decidida a intentarlo; eres muy buena conmigo, señora B, por permitirme ser otra vez su pupila. Sin embargo, tiene usted mucha indulgencia, pues nunca he tenido miedo de exponer mi ignorancia, a pesar de que creo que someteré tu paciencia a pruebas muy severas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario