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CONVERSACIONES SOBRE POLÍTICA ECONOMICA EN LA QUE LOS ELEMENTOS DE ESTA CIENCIA SON EXPLICADOS CON CLARIDAD.

SEXTA EDICIÓN REVISADA Y AGRANDADA (London: Longman, Rees, Orme, Brown, and Green, 1827).

AUTOR: Jane Haldimand Marcet



De este libro existen muchas fuentes en internet, entre ellas las siguientes: tres: Internet Archive, Hathi Trust Digital Library y The Online Books Page,  También se puede encontrar en Google.books tipeando Jane Haldimand Marcet Conversations on Political Economy. Esta última es la que estoy utilizando porque corresponde a la séptima edición y fue impresa en 1839.

Este libro de la autora fue uno de los primeros intentos en la historia de las publicaciones económicas en popularizar las ideas del libre mercado para la gente trabajadora ordinaria. Apareció por primera vez en 1816, fue agrandada y reimpresa en 1827 y fueron publicadas seis ediciones (lo que da una idea de su poopularidad). Pero con el devenir de los años fue cayendo en el olvido.

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Este texto en inglés es de dominio público en todos los países, y esta traducción está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported. Esto significa que estas obligado a reconocer el autor de esta traducción al español, es decir, a mi, Ramón Ignacio Felipe Marcet. No puedes hacer obras derivadas ni sacar provecho económico de esta traducción.

lunes, 7 de marzo de 2016

Conversación III




DE LA PROPIEDAD

EL TRABAJO ES EL ORÍGEN DE LA RIQUEZA - LA INSTITUCIÓN LEGAL DE LA PROPIEDAD - DE LA PROPIEDAD DE LA TIERRA - LA SEGURIDAD DEL RESULTADO DE LA PROPIEDAD - RESPUESTAS A LAS OBJECIONES DE LA PROPIEDAD DE LA TIERRA - ORÍGEN DE LAS NACIONES EN LA VIDA SALVAJE O PASTORAL - SU PROGRESO EN LA AGRICULTURA - CULTIVO DE LOS CEREALES - RECAPITULACIÓN

Carolina: — Bien, mi querida señora B., desde que me reconciliastes con la riqueza, y convencido de que el pobre puede obtener una oportunidad solo cuando la nación es rica. Espero impacientemente el momento de aprender  cuales son los principales medios de obtenerla.

Señora B: — No me dejes todo para mí, Carolina. Te he comentado que no estás aquí sin algunas nociones generales de economía política, aunque están desordenadas en tu mente. Por lo tanto, [juntas haremos] el esfuerzo de desenmarañar el ovillo enredado y para que descubras por ti misma las causas de la producción de la riqueza de una nación.

Carolina: — Déjame ver: el oro y la plata se extraen de las minas, pero sé que él solo no constituye la riqueza: las casas son construidas por los hombres, los granos y los productos de la tierra vienen de la agricultura y, las manufacturas son producidas por la industria. Por lo tanto, me parece que toda la tierra procede del trabajo.

Señora B: — Es muy cierto que el trabajo es el requisito más esencial de creación de la riqueza, y aún así no necesariamente asegura la producción. El trabajo del salvaje que no posee riqueza alguna es incluso más severo que el del labrador, cuyos surcos se abarrotan de riquezas. Las excursiones largas y peligrosas de los salvajes en busca de presas, las dificultades que deben afrontar en cada proceso de su industria, la construcción del más simple habitáculo, la fabricación de los implemento más rudos, todo contribuye a aumentar su esfuerzo. El trabajo es la suerte del hombre. Bien sea en un país salvaje o civilizado, estamos destinado a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. ¿Pero como es posible que en un caso el trabajo produzca mucha riqueza mientras que en el otro apenas permite las cosas necesarias de la vida?

Carolina: — La destreza y el ardor del salvaje son absorbidos en la caza, y cuando es obligado a emprender algo de industria doméstica, como la construcción de una choza o la fabricación de armas, ni trabaja con la actividad o el celo, ni con la perseverancia firme del hombre en la sociedad civilizada. Como sabes, los salvajes son proverbialmente famosos por su vagancia.

Señora B: — Necesitan encontrar estímulos para elevarlos desde su holgazanería, motivos para estimular su industria y habituarlos al trabajo regular. El hombre está dispuesto naturalmente a la indolencia. Todos los logros requieren esfuerzos, y estos no se realizan sin el adecuado estímulo. La actividad que realizamos en la vida civilizada es el efecto de la educación, y es el resultado del deseo fuerte y general de compartir no sólo las cosas necesarias de la vida, sino también de las cosas que nos rodean y nos proporcionan confort y placer. Pero la ignorancia del salvaje imposibilita todos sus deseos que no conducen a la satisfacción inmediata de sus necesidades: no tiene posesiones que tienten su ambición, ni placeres que anima sus deseos. No hay otra cosa que anime los fuertes impulsos de sus necesidades para conseguir de él un mayor esfuerzo, nada menos que el fuerte impulso de las necesidades que es lo que le lleva a esforzarse. Y una vez satisfecha su hambre, se echa a descansar sin preocuparse por el futuro.

[Este libro, conforme lo voy leyendo y traduciendo, me va siorprendiendo cada vez más. El tema de los estímulos se estudia cada vez más en economía, y en parte había sido dejado de lado durante décadas. Cada vez se hacen "experimentos" sobre este tipo de cosas. Paul Krugman, en su libro de introducción a la economía, habla de un experimento que se hizo en EE UU de pagar a los alumnos de escuelas de secundaria para que estudiaran, con resultados desiguales].

Carolina: — Pero si los deseos de los salajes son tan pocos y tan facilmente satisfechos, ¿no será su estado más feliz que las clases trabajadoras en los países civilizados, que desean mucho y obtiene tan poco?

Señora B: — La brutal apatía, que es el resultado de la gran ignorancia, apenas puede merecer el nombre de satisfacción, y es totalmente indigno del nombre de felicidad. Goldsmith, en su poema El Viajero, observa con justicia y con belleza, que:


"Cada necesidad que stimula el pecho,
se convierten en una fuente de placer cuando es compensada".

Además, solo se da ocasionalmente que un salvaje puede estar satisfecho en su estado de torpe indiferencia. Si consultas cualquier relato de viajes en un país salvaje, te quedarás satisfecha que nuestro campesinado disfrute de un estado de riqueza, incluso de lujo.

Pero supongamos que una persona civilizada vaya a vivir entre los salvajes, y tenga éxito en enseñarles algunas artes de la vida, que los instruya en cómo construir sus chozas, cómo guardar una provisión de víveres para el invierno o como mejorar la construcción de arcos y flechas. ¿Cuales serían las consecuencias?

[Obviamente, en aquella época se pensaba que los llamados salvajes eran ignorantes. No me imagino a un inglés de la época enseñando a un apache a construir un arco. Seguramente se llevaría una gran sorpresa].

Carolina: —Una podría esperar que el disfrute derivado de estas mejoras les llevaría a adoptar estas mejoras e introducir el espíritu general de la industria.

Señora B: — No sería ello más probable que los salvajes holgazanes, bien por la fuerza o mediante el engaño, se dejaran arrancar sus posesiones, que derribaran las cabañas que han construido con tanto trabajo o que robaran las provisiones que tanto trabajo les ha costado almacenar, o que un tercero se apuntara con sus flechas a su propio pecho? Entonces hay un punto final a todas las mejoras. ¿Quién trabajará para procurarse tales posesiones precarias, que le exponen al peligro en vez de procurarles placer?

Carolina: — Pero se podrían prever estas maldades si las leyes estuvieran hechas para la protección de la propiedad.

Señora B: — Cierto, pero el derecho de la propiedad debe ser establecido antes de que pueda ser protegido. La naturaleza ha dado a la humanidad todas las cosas en común, así que la propiedad es una institución humana. Ésta aparece en las primeras etapas de la sociedad, pero hasta que no es establecida por ley, ningún hombre tiene derecho a denominar una cosa como suya.

Carolina: — ¿Ni siquiera el gamo que ha cazado, la choza que ha construido o las herramientas y armas que ha fabricado? Estos objetos pueden haberle sido arrebatados por la fuerza, pero aquel que se los arrebata no obtiene el derecho sobre ellos.

Señora B: — Cuando un hombre ha producido cualquier cosa mediante su trabajo, sin lugar a dudas tiene el derecho a reclamarla para sí mismo, es decir, a separarla del fondo común de la naturaleza y apropiarsela para su propio uso, pero ese derecho depende totalmente de la ley de la tierra.

Por ejemplo, en el caso de la propiedad de la tierra, es la ley la qué decreta que una porción de terreno pertenece a Tomás, que esta otra porción pertenece a Juan, y una tercera a James; que esos hombres tendrán un derecho exclusivo a la poesión de la tierra y de sus productos; que ellos deben cuidarla, conservarla, venderla o cambiarla; donarla durante sus vidas o darla en herencia. Y como esta es la ley, debe ser respetada y se debe castigar a aquellos que la transgreden. El derecho a la propiedad no es establecido hasta que estas leyes las protegen.

Carolina: — ¡Me dejas asombrada! Pensaba que el derecho a la propiedad ha existido siempre. No tenía ni idea de que es una institución legal, pero imaginaba que se originó en los primeros momentos del mundo. Leemos que en los tiempos de los antiguos patriarcas, cuando las familias se volvían demasiado numerosas, se separaban. y que el grupo que se iban y se asentaban en un lugar diferente con sus ganados, ocupaba la nueva tierra sin ser molestados. No había nadie que disputaba su derecho a hacerlo. Y después de su muerte, los hijos cultivaban la tierra de sus padres.

Si encontráramos una colonia en una isla desierta (¿?), cualquier hombre cultivaría tanta tierra como quisiera para su propio uso, y cada uno tendría el mismo interés en la preservación de sus posesiones, y entonces la propiedad se establecería mediante un acuerdo general, sin ninguna institución legal.


Señora B: — Este acuerdo general es un tipo de ley, de un tipo muy imperfecto, es cierto, el cual quizás fue fundado basándose en las fuerzas relativas de los individuos. Si un hombre trata de llevarse el ganado o los frutos de otra persona, el último opondrá la fuerza contra la fuerza. Si es más fuerte o está mejor armado, o lo mata o lo expulsa; si es más débil, será despojado o llama  a sus vecinos para que le socorran, lo cual demuestra que ante el peligro en común, se unen para vengarse de su agresor.

Muchos incidentes de esta tenor debieron haber incurrido antes de que se instituyeran las leyes regulares. O lo que es lo mismo, antes de que fuera establecida alguna autoridad pública, la cual protegería a los individuos contra mquienes les atacan, y castiga a los infractores. Sólo entonces un hombre puede decir: "Esta es mi tierra y esta es mi casa. esta semilla que siembro en la tierra traerá una abundante cosecha para mi y mi familia. Estos árboles que hoy planto me darán cada año una cosecha que sólo yo tendré derecho a recoger."


Carolina: — Ahora comprendo perfectamente que la ventaja de estas leyes es la seguridad. Antes de que se promulgaran las leyes, el fuerte podría obtener lo que quisiera del débil. Y los hombres viejos, los niños y las mujeres carecían de medios de defensa, por lo que estaban expuestos a la violencia y a la rapiña. Los vagos e imprevisores, cuando necesitan sobrevivir, se convierten en los enemigos naturales de los laboriosos y los industriosos. Así que sin las leyes, los hombres que han trabajado duro serán las víctimas más propicias de aquellos que no han hecho nada. En otras palabras, estas avispas devorarán la miel de las abejas.

Señora B: — Si, es cierto, la seguridad es el punto principal. Es la seguridad la que estimula la industria y hace el trabajo productivo. Cada paso hacia la seguridad es un paso hacia la civilización, hacia la riqueza y la felicidad general.


Carolina: — Todo eso es cierto. Aún así, tengo una objeción a la institución de la propiedad que me parece de considerable importancia. Antes de que la tierra se convirtiera en propiedad privada, la tierra, como sabes, era una posesión en común de toda la humanidad [Ver Comunismo primitivo]. Todos tenían el mismo derecho a reclamarla. Pero la ley que instituyó la propiedad privada de la tierra la saca de la humanidad en su conjunto para dársela a unos pocos individuos. Por ello, para hacer a algunos hombres ricos, hace a otros pobres. ¿Qué derecho tiene la ley de enriquecer a unos para empobrecer a otros? La ley debe ser justa antes que generosa.

Sin embago, esta objeción no se extiende a ninguna ptra propiedad distinta de la tierra. Nada es más justo que los hombres puedan disfrutar de los frutos de su trabajo, que poseer las casas que ellos mismos construyen, los bienes que han fabricado. Pero me parece que la tierra no puede convertirse en propiedad privada sin dañar a otros, que por lo tanto son privados de su derecho natural a ella.


Señora B: — ¿Asegurarías a todos la posesión de la riqueza que pueda adquirir, pero rechazarías la propiedad de los medios de producirla? ¿Le darías a alguien la propiedad de su casa pero le quitarías el derecho al suelo sobre la que está edificada? ¿Protegerías su derecho a su cosecha pero no le permitirías el derecho a la propiedad de la tierra en la que crece?


Carolina: — Debo confesar que has colocado mi objeción en un punto de vista ridículo, pero esto no es suficiente, señora B; tienes que mostrarme en donde está el error antes de que consienta en renunciar al mismo. Si para promocionar la industria es necesario que la tierra se convierta en propiedad privada, la justicia requiere que sea repartida equitativamente entre todos los que tienen el derecho natural a reclamarla.

Señora B: — En los países recientemente ocupados, la tierra se entrega a quienes la reclaman. Solo en los casos de conquista la tierra ha sido repartida arbitrariamente entre los conqistados. Éste fue el caso de Europa cuando fue conquistada por los bárbaros del norte, quienes, por su división de la tierra, sirvió la fundación del sistema feudal.

Pero cualesquiera que hayan sido las causas de la división de las tierras, e independientemente de que hayan sido repartidas equitativamente o no al principio, es imposible impedir que la inequidad crezca después.

Carolina: — Ya he leído sobre las leyes que han sido instituidas en varios países para preservar esta igualdad, y en algunas instancias con éxito considerable. En Roma se hicieron frecuentes intentos con este fin. Y los espartanos, durante muchos años, preservaron rigurosamente la división igualitaria de la propiedad de la tierra.

Señora B: — ¿Y cuales fueron las consecuencias de estos intentos? En Roma, los intentos de evitar la desigualdad de la propiedad de la tierra  fueron inútiles. En Esparta produjeron una población de guerreros, quienes tiranizaron con crueldad una población de esclavos y que no poseían ninguna virtud más allá de la gloria militar.

Tanto los vicios como las virtudes de la humanidad tienden a destruir esta igualdad: los laboriosos, los inteligentes y los diestros producirán muchas y buenas cosechas. Así pues, la naturaleza recompensa los grandes esfuerzos. Al contrario, las posesiones de los ociosos, los que no tienen cuidado y los ignorantes degenerarán gradualmente. La naturaleza añade esta pena a sus negligencias. ¿Debemos entonces actuar en sentido contrario a los designios de la Providencia dando a los vagos la recompensa de la laboriosidad de los otros, y hacer que los industriosos soporten el castigo que les corresponde a los ociosos?

[La Providencia, así escrita en mayúscula inicial, se refiere obviamente a Dios. Cuando habla de la naturaleza, con minúscula inicial, casi seguro que sigue hablando de Dios].

Carolina: — Aún así, la pobreza tiene su origen con frecuencia en la enfermedad y la desgracia, que convierte a los hombres en incapaces para el trabajo. Y bajo estas circunstancias, es difícil sufrir las penas que la vagancia conllevan.

Señora B: — Es cierto, pero también debes considerar la desigualdad de la condición, y las vicisitudes de la vida humana que conlleva el ejercicio de casi todas las virtudes: la paciencia, la resignación, la fortaleza de pate de los afligidos. La benevolencia, la compasión, la compasión, la generosidad, la caridad, por parte de los más prósperos de la comunidad, que son los sentimientos que purifican y refinan el disfrute de la riqueza, y que están entre las gratificaciones más elevadas.

La naturaleza, por propósitos sabios, ha dispensado sus bendiciones en varios grados de beneficiencia. En algunos casos ella los otorga con una profusión sin límites e inagotable. Es por ello que la naturaleza nos ha dado la luz y el aire, que todos poseen y disfrutan por igual. Nadie pensó en convertir estos elementos en una propiedad privada; y si la comida fuera obtenida con la misma facilidad con que respiramos, nadie habría concebido la idea de separarla del fondo común y convertirla en propiedad privada.

Carolina: — ¡Qué delicioso sería! ¡No sería necesario trabajar más y la humanidad se transformaría en una raza de filósofos contemplativos, cuya única ocupación sería el estudio y la admiración de los trabajos de la naturaleza!

Señora B: — Es peliroso confiar en tu juicio cuando te conduce a conclusiones tan diferentes del curso establecido de la naturaleza. Siempre debemos tener en cuenta que las disposiciones de la naturaleza son siempre sabias y buenas, y, aunque no siempre está en nuestras manos entender sus efectos beneficiosos, en el momento presente nos paracen suficientemente obvios. Yo, por el contrario, me inclino a pensar que la humanidad, al carecer de la necesidad de ganarse su sustento, lejos de convertirse en filósofos, se hubiera convertido en una masa de salvajes indolentes, apenas por encima de la criatura más bruta. ¿Qué motivo tendría para hacer un esfuerzo, que incentivos para despertar sus facultades y crecer desde la apatía y la indolencia tan naturales al hombre? La necesidad de regular la industria para asegurar la subsistencia parece que es el primer paso hacia el desarrollo, tanto físico como mental. Pero hemos observado que los hombres no serán inducidos a cultivar la tierra en tanto la posean en común, mientras los vagos puedan recoger la cosecha sembrada por las manos de los laboriosos. La propiedad de la tierra es, por lo tanto, el paso preliminar para cultivar la tierra, y ya hemos visto que dicho cultivo no podría darse donde la tierra está ilimitada en extensión. Reflejemos que cuando la naturaleza confiere sus bendiciones sobre nosotros con más abundancia que los demás elementos, fue sin duda de alentar las facultades latentes del hombre, y de ponerlas en acción. Esto fue así para elevar al hombre desde el estado de la naturaleza animal, en el cual es asimilado a las bestias que perecen, y urgirle a través de un curso de mejoras durante el cual se mejoran las ideas. El caracter es desarrollado por la razón, la mente reforzada por los juicios, castigada por la adversidad, elevada por la piedad, ablandada por el cariño, agrandada por la ciencia, refinada por la literatura y llevada a tal estado en él que somos capaces de discernir las trazas de estar destinados a la inmortalidad.


Carolina: — Estoy contenta que hayamos llegado a la misma conclusión satisfactoria, la felicidad de nuestro compatriotas pero por un camino más seguro que el que ha vagado mi imaginación. Allí permanece sin ninguna duda racional en mi mente sobre las ventajas resultantes de la división de la tierra, la acumulación de la propiedad de la tierra, y estoy dispuesta a compartir con mis allegados que has asignado a los más industriosos la mejor parte de la humanidad. Ya estoy viendo que poco después de la división de la tierra, esta se convertirá, sin duda, en propiedad de la mayor parte de los propietarios, que su propiedad debe ser asegurada tanto para ellos como para sus herederos, y que en sus manos se convertirá en la tierra más cultivada y que rendirá más.

Señora B: — La institución de la propiedad sobre la tierra aumenta la riqueza, no solo de los propietarios, sino también de las demás clases de los hombres.

La tierra puede ser considerada como el único instrumento mediante el cual se crea la riqueza. Y justo como acabamos de ver, la seguridad de su oposición le da vida y vigor a la industria.

Carolina: — Una institución que es de tan general utilidad no puede ser considerada como injusta.

Señora B: — Ciertamente no. La justicia de todas las leyes debería ser probada mediante el test de la utilidad general. No hay nada que no imponga alguna restricción a la libertad natural del hombre. Pero sin el control de las leyes, hemos visto que ni las vidas ni la propiedad, la reputación, ni siquiera la libertad de los hombres están seguras. Por lo tanto sacrificamos alguna porción de nuestra libertad a la ley, y a cambio, ella nos asegura que recibiremos cualquier bendición que la seguridad nos puede dar. Blackstone, en sus comentarios, dice: "cualquier hombre, cuando entran en sociedad, y en consideración de recibir las ventajas del comercio mutuo, se obliga a sí mismo a ajustarse a las leyes que la comunidad ha considerado adecuado establecer. Para ningún hombre que considere por un momento dedicarse a hacer lo que le plazca, obtendrá la consecuencia de que cualquier otro hombre tiene el mismo poder, y los individuos no tendrían ninguna seguridad ni ninguno de los placeres de la vida."

Carolina: — Señora B, has acabado con todos mis escrúpulos respecto a la institución de la propiedad de la tierra; por lo tanto, volvamos ahora al progreso de la riqueza y la civilización.


Señora B: — No debemos ir tan rápido. Los pasos que se dieron en la historia de la civilización fueron extremadamente lentos, y debemos aprender a ver el desarrollo del intelecto humano y el progreso de la industria humana en grados sucesivos y casi insensibles.

[... "ver el desarrollo del intelecto humano ... en grados sucesivos y casi insensibles" suena a la Teoría de la evolución de Darwin].

Las naciones civilizadas generalmente se originan por el asentamiento de una colonia; muy rara vez nacen de un estado salvaje. En este estado encontraron a los indios en el descubrimiento de América. Eran meros cazadores. Y mientras los hombres contemplan ante ellos un espacio ilimitado, en él que deambular de un lado para el otro sin obstáculos ni control, es difícil concebir las circunstancias que podrían conducirles a adoptar un modo de vida sedentario y dedicarse a la labranza.

En las naciones repletas de grandes llanuras, el modo de vida pastoral prevalece. Pero para este propósito, se debe haber establecido la propiedad del ganado, aunque la tierra fuera poseida en común. Este era el caso de los antiguos escitas, que habitaban las grandes planicies de Tartaria, con los modernos tártaros y árabes. Estas tribus, que hasta el presente andan errabundas, que viven en tiendas y viajan con sus ganados y rebaños en busca de capturas.

La indolencia para la cual los hombres están dispuestos es necesariamente un gran obstáculo a la introducción de la agricultura. Ello requiere un considerable grado de previsión y conocimiento, y una confianza firme en la seguridad de la propiedad y del trabajo con el propósito de cosechar los frutos del trabajo propio. Suponemos que la agricultura es un paso adelante de la vida pastoral, que una tribu de pastores quizás se hayan encontrado con tribus enemigas en su deambular, y que el temor de perder su ganado les llevan a asentarse. Probablemente hayan elegido un lugar fácil de defender de los ataques de las bestias salvajes y de las incursiones de las tribus vecinas belicosas. Los cecrops acamparon en la roca alrededor de la cual se había funadado la ciudadela de Atenas y llamron a construir una ciudad. O quizás hayan sido tentados por un campo de frutas cercano bajo la protección de un gobierno vecino. Volney, en su narración de las tribus errantes de Siria, dice: "Tan pronto como encuentran paz y seguridad y la posibilidad de procurase suficientes provisiones en un distrito cualquiera, se asienta allí y adoptan una vida sedentaria y el arte de la agricultura." Estas artes han de ser conseguidas lentamente, pues deben aprender que las plantas nutritivas deben ser propagadas, que las semillas deben ser reproducidas anualmente y que la gran variedad de animales deben ser domesticados y amaestrados. Esto les proporcionará un fondo de subsistencia, sus hijos estarán mejor alimentados, sus familias aumentarán y los ancianos y niños serán protegidos.

Pero estos pueblos solo están familiarizados con los primeros elementos de la agricultura. ¿Cuantas afortunadas posibilidades deben haber ocurrido antes de alcanzar la importante era del cultivo de los cereales! Los cereales salvajes no pueden encontrrse en ningún lado. Los griegos imaginaron que una divinidad descendió sobre la tierra, la introducía en ella, e instruirles en el cultivo de esta valiosa planta. Atenas, Creta, Sicilia, todas estas tierras reclaman el crédito de ser el lugar original donde se cultivó por primera vez. Pero independientemente del pueblo que acredite tan importante descubrimiento, el beneficio hecho a la riqueza de la humanidad nunca ha sido tan grande. Tan débil como parece, esta planta puede resistir el calor del verano y el frío del invierno. Florece en casi todos los climas y se adapta con facilidad no solo como comida del hombre, sino también como alimento de una gran variedad de animales domésticos y da por fermentación una bebida saludable y placentera. El grano se puede guardar durante muchos años y se convierte en un medio de subsistencia que se puede guardar para los años menos productivos.

Pero el cultivo de esta valiosa planta no puede ser emprendido sin considerables fondos, un lugar fijo de residencia, implementos agrícolas*, animales domésticos. En una palabra, establecimientos que no podían ser creados ni mantenidos sin la institución de la propiedad. Los salvajes no tienen cereales ni animales domésticos, y ni cultivan la tierra. Consumen y destrozan cualquier cosa sin ni siquiera considerar la reproducción. ¡Y que diferentes son los resultados! Ahora vemos millones de hombres y animales habitan un país tan extenso que apenas tienen los suficiente para el mantenimiento de dos o trescientos salvajes.

[* Al principio habían construcciones muy rudas e imperfectas. En algunas partes de la India, el arado de un indio, incluso en el presente, está formado por un palo torcido que apenas le dan forma, a menudo manejado por su esposa. El uso de animales domésticos en la agricultura es otro paso hacia la civilización, pero ningún establecimiento agrícola no podía ser creado o mantenido sin la institución de la propiedad].

Carolina: — Descasemos un rato, mi querida señora B. Estoy casi desconcertada con el número y la variedad de sus ideas que has presentado en mi mente. Me asombra que esas cosas no se me hayan ocurrido antes. Pero estoy tan acostumbrada a ver el mundo en esta forma tan mejorado, que mi atención nunca ha sido llevada a los numerosos obstáculos y dificultades que han debido encontrar, y los pasos trabajosos y progresivos que se deben tomar antes de que la sociedad haya podido obtener su estado actual de perfección.

[Esta conversación recoge los tópicos que los británicos del siglo XIX tenían sobre el mundo desde sus enormes perjuicios. Cuando en las islas británicas ni siquiera había llegado los celtas antes de la creación del imperio romano, los primeros invasores de dichas islas, en la India se había desarrollado una civilización muy antigua y desarrollada. La anécdota del arado tirado por la esposa tan solo refleja la pobreza de gran parte de la india, donde muchos agricultores no disponían de la suficiente tierra como para mantener a una vaca, el animal de tiro por excelencia de la India].

Señora B: — ¡La perfección! No hace mucho estabas quejándote lamentablemente del actual estado de la sociedad. No puedo estar de acuerdo contigo en todo, aunque yo pienso que aún estamos lejos de la perfección. Pero continuemos trazando el progreso de la riqueza y la civilización hasta la actualidad antes de que empecemos cualquier falta en las instituciones existentes.


Carolina: —Creo que ahora tenemos una idea muy clara de las consecuencias importantes que resulta del establecimiento de la propiedad. Esto pone un punto final a la vida errante de los pueblos bárbaros, induce a los hombres a asentarse en un lugar, y os acostumbra al trabajo regular; les da prudencia y previsión. Les enseña a los dos a embellecer la cara de la tierra mediante el cultivo, a multiplicar las poblaciones de animales útiles y las plantas nutritivas; y les permite aumentar el stock de la subsistencia, así como transformar un país que tan solo contiene apenas unas pocos chozas y una muy escasa población en país grande y rico.


FIN

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